LO QUE DEJÓ EL REGRESO DE MÉXICO AL AZTECA
El regreso de la Selección Mexicana al Estadio Azteca (hoy renombrado como “Estadio Banorte” por compromisos comerciales y que durante el Mundial será llamado “Estadio Ciudad de México”) no fue un…

Juan Carlos Isordia
31 de marzo de 2026 · 3 min de lectura

Carlos Rebolledo Foyo
El regreso de la Selección Mexicana al Estadio Azteca (hoy renombrado como “Estadio Banorte” por compromisos comerciales y que durante el Mundial será llamado “Estadio Ciudad de México”) no fue un partido más. Fue un termómetro.
Después de casi dos años sin actividad en el Coloso de Santa Úrsula, el balón volvió a rodar en uno de los templos históricos del futbol mundial. Con ello, regresaron también las críticas, la expectativa y una sensación cada vez más evidente: el Mundial está a la vuelta de la esquina.
A 73 días del inicio de la Copa del Mundo, el entorno del Tricolor comenzó a calentarse desde días antes. La semana previa estuvo marcada por decisiones que generaron polémica.
Una de ellas fue el anuncio de Clara Brugada, jefa de Gobierno de la Ciudad de México, quien informó que no habría estacionamiento para vehículos particulares en el estadio. La medida buscaba incentivar el uso del transporte público, pero provocó inconformidad entre los aficionados.
A esto se sumó la preocupación por una manifestación en los alrededores del inmueble horas antes del partido. Grupos de inconformes bloquearon carriles de Periférico Sur, a la altura de la ENAH, e incluso realizaron una “cascarita” como forma de protesta contra lo que denominaron el “Mundial del despojo” y la gentrificación. Entre sus demandas destacaban temas sociales como la falta de agua, el desplazamiento de comunidades y exigencias de justicia.
Pese a todo, el ambiente terminó por estabilizarse conforme se acercaba el silbatazo inicial. La afición, en su mayoría trasladada en el transporte público, comenzó a llegar al estadio, generando una mezcla de expectativa y curiosidad por ver el estado del renovado inmueble.
Las primeras impresiones no tardaron en aparecer: críticas y elogios se viralizaron rápidamente en redes sociales.
En lo deportivo, el partido también llegaba con ingredientes interesantes. Javier Aguirre apostó por un once cercano al que podría utilizar en el debut mundialista, aún con la incógnita de la recuperación de Edson Álvarez, quien continúa en rehabilitación tras una operación de tobillo.
Del otro lado, la Selección de Portugal llegaba sin su principal figura. La ausencia de Cristiano Ronaldo, quien no fue convocado por lesión por el técnico Roberto Martínez, terminó por desinflar parte de la expectativa generada semanas atrás, especialmente en la venta de boletos.
Ya en el desarrollo del partido, condicionado además por un acuerdo previo que permitió hasta diez sustituciones por equipo, el espectáculo quedó a deber. México mostró una versión competitiva en lo físico, pero limitada en ideas. Un equipo que resiste, pero que propone poco.
Y es ahí donde aparece la verdadera lectura de la noche.
La afición respondió. Llenó, apoyó y también exigió. Lo hizo consciente del alto costo del boletaje y de una promesa que nunca se cumplió: ver a una figura como Cristiano Ronaldo en el campo. Pero, más allá de eso, dejó claro que empieza a cuestionar el nivel futbolístico de una selección que, a tan poco tiempo del Mundial, genera más dudas que certezas.
Porque si algo dejó este regreso al Azteca, no fue solo futbol.
Fue la sensación de que, en medio de problemas logísticos, sociales y deportivos, México aún no transmite la seguridad de estar listo para un evento de tal magnitud. Y con partidos mundialistas en suelo nacional al horizonte, esa incertidumbre empieza a pesar más de lo que debería.

